Uno de los más importantes problemas que enfrenta hoy la humanidad es el de la ausencia de una relación justa entre ética y política. En la historia se han observado dos grandes vertientes del comportamiento humano en torno al acceso o uso del poder político: por un lado, la política sin ética, es decir, el afán de dominio que ha llevado a ciertos poderes a masacrar a los pueblos. Ejemplos: Hiroshima y Nagazaki; el holocausto; el Gulag; el martirio de Vietnam o el genocidio en Irak. Una política sin ética anula cualquier ideal por más alto que se pretenda y deja al descubierto la barbarie.

Una ética sin política es la moral de los santos. Se trata de fundar la acción en los principios (ética de convicciones, decía Max Weber) sin tomar en cuenta las condiciones en que se pueden llevar a su realización práctica los ideales por los cuales se lucha.

Estos son dos tipos ideales de la relación entre ética y política pero entre ellos se presentan en la realidad innumerables variantes.

Estas son algunas de las reflexiones que me ha suscitado el libro más reciente del filósofo Adolfo Sánchez Vázquez Ética y política, que presentamos el día de hoy en la “XXIX Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería”.

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